- PRÓLOGO
- Capítulo 1: La carta anónima
- Capítulo 2: Regreso al Pueblo
- Capítulo 3: Viejos Fantasmas
- Capítulo 4: La Primera Advertencia
- Capítulo 5: Un Testigo Silencioso
- Capítulo 6: Archivos Enterrados
- Capítulo 7: El Secreto de la Familia Montenegro
- Capítulo 8: El Asesino en la Sombra
- Capítulo 9: La Segunda Carta
- Capítulo 10: Conexiones Ocultas
- Capítulo 11: El Secreto de la Tumba
- Capítulo 12: La Caza Comienza
- Capítulo 13: El Rompecabezas Se Completa
- Capítulo 14: La Traición Final
- Capítulo 15: El Enfrentamiento
- Capítulo 16: El Último Juego
PRÓLOGO #
La tormenta azotaba el pequeño pueblo de Santa Esperanza con una furia inusual. Las luces de las farolas parpadeaban en la plaza central, y el viento ululaba entre las calles estrechas, arrastrando hojas secas y el eco de una melodía lejana que parecía surgir de ninguna parte.
Era la misma noche en que Lucía desapareció.
Tenía dieciocho años, el cabello oscuro como la medianoche y unos ojos inquietos que parecían esconder secretos. Aquella noche, después de la última función en el viejo teatro del pueblo, tomó un atajo por el sendero del lago, un camino que muchos evitaban después del anochecer. No llegó a casa.
Las primeras horas fueron de incertidumbre. “Seguro se quedó con amigas”, dijeron. “Volverá en la mañana”, repitieron. Pero la mañana llegó, y Lucía no.
El pueblo entero se volcó en su búsqueda. La policía, voluntarios, incluso aquellos que nunca se habían interesado en la vida de la joven recorrieron los campos, el bosque y el lago. Pero ella parecía haberse esfumado en el aire. Hasta que, tres días después, alguien encontró su cuerpo.
Estaba tendida en la orilla del lago, con la piel más pálida que la luna. Su vestido blanco, manchado de barro y algo más oscuro. Pero lo que más perturbó a los que la hallaron fue su rostro: tenía los ojos abiertos, fijos en el cielo nublado, y una expresión que no era de miedo, sino de sorpresa. Como si en el último momento hubiera descubierto algo que nadie más sabía.
El informe policial fue breve: muerte por asfixia. Pero los detalles nunca se hicieron públicos. Se habló de marcas en su cuello, de signos extraños en su piel, de un mensaje escrito en la arena junto a su cuerpo que la lluvia borró antes de que alguien pudiera leerlo.
Con el tiempo, la investigación se apagó como una vela sin oxígeno. No hubo sospechosos, ni pruebas concluyentes. Algunos dijeron que fue un accidente. Otros, que la propia Lucía había buscado un destino trágico.
Pero en el pueblo de Santa Esperanza, donde los rumores son tan persistentes como la humedad en las paredes antiguas, nadie lo creyó realmente.
Veinte años después, aún se susurraba su nombre.
Y entonces, llegó la carta.
Capítulo 1: La carta anónima #
El sonido del timbre rompió el silencio de la mañana.
Gabriel Echeverría, periodista de investigación con más cicatrices que reconocimientos, dejó su café a medio tomar y se levantó del escritorio. Afuera, la ciudad despertaba con su habitual caos: bocinas, pasos apresurados, murmullos de conversaciones sin dueño. Pero dentro de su pequeño apartamento, todo permanecía en calma, hasta ahora.
Abrió la puerta. Nadie.
Frunció el ceño y miró a ambos lados del pasillo. Solo encontró un sobre amarillo en el suelo. Sin remitente. Sin estampilla.
Cerró la puerta y lo sostuvo en la mano por un momento. No era raro recibir documentos anónimos; en su profesión, la información llegaba de formas inesperadas. Pero algo en ese sobre, en su peso, en el silencio con el que había llegado, le puso la piel de gallina.
Lo abrió con cuidado y deslizó el contenido sobre la mesa: una foto en blanco y negro y una nota escrita en un papel arrugado.
«Ella sabía la verdad. Tú puedes descubrirla.»
Gabriel sintió un escalofrío recorrer su espalda. Tomó la foto y la observó de cerca. Era una imagen vieja, de al menos dos décadas. Una joven de ojos oscuros y sonrisa tímida miraba a la cámara. No la reconoció de inmediato, pero había algo en su expresión, en la forma en que su mirada parecía atravesar el tiempo, que lo inquietó.
Giró la foto. En el reverso, con tinta desvanecida por los años, solo dos palabras:
Lucía Ávila.
Gabriel sintió el impacto de ese nombre como un golpe en el pecho.
Lucía Ávila. Santa Esperanza. El caso sin resolver.
Recordaba haber leído sobre ello años atrás, cuando aún era un estudiante de periodismo fascinado por los crímenes no resueltos. Una joven desaparecida, su cuerpo encontrado en la orilla del lago. Un misterio enterrado bajo el polvo de los archivos policiales.
¿Por qué alguien le enviaba esto ahora?
Se levantó de golpe y miró por la ventana, tratando de encontrar algún indicio de quién pudo haber dejado la carta. Nada. Solo el tráfico, los transeúntes indiferentes, el mundo girando sin pausa.
Volvió a la mesa y tomó la nota otra vez.
«Ella sabía la verdad.»
Si era cierto, entonces alguien se había asegurado de que esa verdad muriera con ella.
El problema era que ahora él estaba en el centro de esa historia. Y si había algo que Gabriel había aprendido en su carrera, era que la verdad tenía un precio.
Y casi siempre, era demasiado alto.
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